
DOMINGO
XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO
Lc 18.1-8
Bajo el lema “Dichosos los que creen” celebramos en este domingo el Domingo Mundial de las Misiones, el DOMUND. Es una jornada de fuerte arraigo en nuestra Iglesia y que nos recuerda cada año nuestro ser misionero y también el ser misionero de tantos hombres y mujeres, consagrados o laicos, que han dejado todo para anunciar el evangelio con sus obras y sus palabras, y sobre todo, con sus vidas.
El otro día, preguntando a unos jóvenes qué es el DOMUND, qué es la misión, me di cuenta de que, quizá por no saber, o bien porque no formulaba yo las preguntas de forma apropiada, concebían la misión como obras de solidaridad realizadas por hombres y mujeres que podríamos llamar casi héroes. Pero no acertaban a expresar que la fuente de esas obras maravillosas es Cristo. No acertaban a expresar que esos hombres y mujeres lo han dejado todo, no por altruismo, compasión, o justicia, sino porque Cristo, en algún momento de su vida, les envió a al mundo para dar a conocer Su nombre y Su vida, haciendo presente el Reino de todas las formas posibles, también y fundamentalmente a través de la solidaridad: “los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, a los pobres se les anuncia la salvación…” Claro, no tiene sentido anunciar el evangelio sin que éste ayude al hombre a crecer y desarrollarse en su dignidad.
En este domingo se nos invita a orar por las vocaciones misioneras, a plantearnos nuestra vida cristiana desde la misión (a dónde nos envía Jesús a anunciar y hacer presente el Reino) y también a colaborar económicamente en el sostenimiento de las misiones.
Orar, como la viuda del evangelio, para conseguir el fruto esperado. Orar con perseverancia y con convicción. Sabiendo que nuestra oración es escuchada, no por alguien que no se preocupa de los hombres, sino por Alguien que los ama con locura.
Una vida cristiana misionera, comunicando a los demás, al menos, el gozo de vivir el evangelio. Dichosos porque creemos, porque sabemos dónde está la fuente de agua viva, felices de tener a Jesús por maestro, compañero de viaje, amigo, señor, roca. Y si esa felicidad la podemos compartir, mejor. Jesús nos da para que demos. Y cuando nos abrimos para compartir, entonces, crece nuestra alegría.
Colaboración económica para las misiones, para que esa alegría sea comunicada a otros, para que todos puedan conocer al Señor y vivir su vida. Para que la solidaridad del Reino se haga presente allí donde no existe. Levantar puentes que permitan superar nuestras desuniones, los abismos de la injusticia, de la pobreza, del egoísmo y la codicia. Un dinero compartido que nos libera de lo superfluo y nos ayuda a ser más. Un compartir que nos da alegría, porque no es interesado, sino gratuito y libre.
Queridos amigos. El evangelio es una semilla que espera ser sembrada en los corazones de muchos hombres y mujeres del mundo, lejanos y cercanos (porque aquí también hay misión) que no conocen a Cristo, que se han alejado de él, que viven agobiados por los afanes del mundo. El evangelio precisa de sembradores que viven “dichosos porque creen”. El evangelio precisa de ti y de mi para ser anunciado y vivido.