SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

 

En este día primer de noviembre la Iglesia nos invita a mirar a todos los santos. Es esta una fiesta para honrar a todos aquellos que nos han precedido en la fe y nos la han dejado como herencia. Pero no como si de un testamento se tratara, sino que la han sembrado en el corazón de nuestra historia, en el corazón de nuestras historias personales, con sus palabras, con sus acciones, con su ejemplo, con la entrega de su vida. Es un día para mirar con gratitud a quienes nos han regalado el don de la fe, a quienes han abierto caminos de evangelio en nuestra historia.

Hoy es una jornada para contemplar el lado luminoso de nuestra Iglesia, para darnos cuenta de la santidad de sus miembros. Siempre que hablamos de nosotros nos fijamos en lo negativo, y podemos dejar de lado todo lo que, en el nombre del Señor, otros han hecho y hacen a favor de los hombres.

Santos son todos los que, en palabras del Apocalipsis, han sido marcados, revestidos con las vestiduras blancas y llevan palmas en sus manos. Los que en medio de la gran tribulación han lavado y blanqueado sus vidas en la sangre del Cordero.

Santos son, en palabras de San Juan, los que se miran a sí mismos y se descubren como hijos de Dios porque sienten de una forma asombrosa el amor desbordante del Padre que los llama hijos. Los que esperan vivir en plenitud ese ser hijos.

La santidad es la perla que se descubre en una ostra que ha acogido el don del amor Dios. Esa santidad que sabemos está, pero no se descubre en plenitud hasta que la ostra no abre sus conchas.

La santidad es la vida bienaventurada de aquellos que han descubierto que la pobreza es vivir desde el ser, y no desde el tener; que el llorar es más de hombres que el no hacerlo, porque lloramos cuando sentimos la vida; que el sufrir nos hace más fuertes, porque nos descubre nuestra debilidad; que el tener hambre y sed de la justicia es el motor de la transformación del mundo porque nos sitúa; que la misericordia es el principio de nuestra conversión porque es mirar como nos mira Dios; que ser limpios de corazón no es ser perfectos e inmaculados, sino desterrar de nuestra vida la hipocresía y vivir desde la verdad, sin dobles intenciones; que trabajar por la paz es seña de identidad de los hijos de Dios porque en la paz y en paz podemos escuchar su voz; que ser perseguido por causa de la justicia es mejor que ser ignorado por la pasividad, la indiferencia o la falta de compromiso.

La vida bienaventurada es un signo profético en medio de una sociedad que vive desde otros criterios, por eso será cuestionada, difamada, asesinada. Pero aún así, merece la pena, porque es una vida llena de esperanza y atravesada por el amor que Cristo nos ha dado.

Cuando iniciábamos el siglo XXI, el papa Juan Pablo II nos invitaba de una forma especial a vivir la santidad y desde la santidad. No tengamos miedo de correr este riesgo, pero hagámoslo sostenidos y animados por la mano de Dios, porque sin él no hay santos.